¿Cómo se puede demostrar realmente lo que enseña la Biblia?

Los escritos originales de la Biblia son, de hecho, la Palabra infalible de Dios. Sin embargo, frente a tantas miríadas de creencias – afirmando todas que la Biblia es su fuente, la mayoría de la gente desecha la verdadera autoridad del Libro que Dios ha inspirado.

Tanto los católicos como los protestantes usan la Biblia como la base de lo que creen y enseñan. Hay varias traducciones y versiones de la Biblia a disposición, y estas diferentes representaciones sí que reflejan el sesgo de aquellas organizaciones e individuos que las han escrito.

Sin embargo, la Biblia trasciende tanto problemas de lenguaje como de traducción. Por ejemplo, considere el escrito que se encuentra en Hechos 2, donde los discípulos en el día de Pentecostés fueron guiados por el Espíritu Santo de Dios para proclamar el Evangelio. En particular, note lo que sucedió con aquellos que escucharon este mensaje:

“Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, LES OIMOS HABLAR EN NUESTRAS LENGUAS LAS MARAVILLAS DE DIOS” (Hechos 2:7-11).

Dios, quien causó que surgieran diferentes idiomas (Compare Génesis 11:1-9), ¡también hizo posible que entendiéramos su verdad en el lenguaje de nuestro nacimiento! Además, Jesús comisionó a su Iglesia a predicar el Evangelio en toda la tierra (Compare Mateo 24:14). ¡La Palabra de Dios ha sido traducida y publicada por escrito en toda la tierra en nuestros días!

Aparte de aquellos que rechazan rotundamente la Biblia como un mito, muchas personas que afirman practicar el cristianismo rechazan el Antiguo Testamento (tanto como algunos libros del Nuevo Testamento, tal como el Apocalipsis) – todo parte de la Palabra perdurable de Dios (Compare Isaías 40:8). De hecho, muchos de los que aceptan a Jesús como su Salvador nunca han leído las Escrituras proféticas acerca de su primera aparición, y están igualmente inconscientes de las profecías dramáticas respecto a su regreso que están registradas en toda la Biblia.

Añade a esto el hecho de que las personas INTERPRETAN en la Biblia lo que quieren creer. Un ejemplo muy destacado de esto se encuentra en el cumplimiento del sábado (Sabbat). Algunos eligen seguir la línea de pensamiento creada por la Iglesia Católica en la cual el sábado se cambió del séptimo al primer día de la semana. Citan las Escrituras para justificar esta postura y rechazan el mandamiento de Dios; el ejemplo de Jesucristo y la práctica de la Iglesia de Dios como se documenta en el Nuevo Testamento. (Para una explicación más detallada de esto, lea nuestro folleto: “Los Días Santos ordenados por Dios”)

Entonces, ¿cómo podemos saber lo que es verdadero y lo que es falso?

¡LA BIBLIA SE CORROBORA ELLA MISMA! La interpretación humana no es la autoridad final en cuanto a la Palabra de Dios. Pero eso es justamente como ven la biblia aquellos, que escogen selectivamente lo que quieren creer. También es la postura adoptada por tanta gente que simplemente rechaza la Biblia.

Jesucristo hizo una declaración totalmente profunda en respuesta al interrogatorio de Pilatos: “Le dijo entonces Pilato: Luego, ¿eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18:37).

Jesucristo dio fe de la Palabra de Dios y eso incluía las Santas Escrituras – el Antiguo Testamento. ¡Las profecías de su nacimiento, muerte y resurrección resultaron ser verdaderas!

La verdad – al contrario que la falsedad y el engaño – fue el centro de lo que Jesús enseñó. Hizo esta declaración a los judíos de su época – muchos de los cuales eran los líderes religiosos de la nación: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Jesús dijo de manera muy conmovedora que las prácticas religiosas de los judíos no se mantenían firmes en la verdad – que ya no seguían la Palabra de Dios:

¿”Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, la palabra de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios” (Juan 8:43-47).

En otro encuentro, algunos de los escribas y fariseos desafiaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan” (Mateo 15:2).

La respuesta de Jesús entró directamente al corazón y explicó por qué estos líderes religiosos no estaban enseñando la verdad: “Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición”? (Mateo 15: 3). Jesús añade a esta acusación poderosa: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mateo 15:7-9).

En Mateo 23, Jesús revela muy específicamente la hipocresía de los escribas y fariseos – quienes eran los líderes religiosos y que afirmaban obtener su autoridad y sus prácticas de la Palabra de Dios. En el versículo 3, Jesús identifica el problema: “… porque dicen, y no hacen”.

Porque estaban reacios a obedecer lo que Dios ordenaba, estas personas no entendían lo que era verdadero en la Palabra de Dios. Al preocuparse más por lo que la gente pensaba de ellos, perdieron su temor de Dios.

Cristo nos revela una clave importante para la correcta comprensión de la Palabra de Dios. Dice en Juan 7:17: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta”. Cristo añade en Juan 13:17: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis”.

La prueba de lo que es verdadero en la Biblia debe comenzar con una reverencia hacia Dios: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; Su loor permanece para siempre” (Salmo 111:10). El Salmo 119, verso 100, añade: “Más que los viejos he entendido, Porque he guardado tus mandamientos”.

En un debate con sus discípulos, Jesús preguntó qué decía el público sobre quién era Él. Luego les hizo esa pregunta, y Pedro respondió: “… Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). En la respuesta de Cristo, encontramos esta impresionante declaración: “…Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino a mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:17).

¡Jesús habla de conocimiento que es REVELADO! ¡Eso va más allá de los conocimientos que uno podría adquirir al leer cualquier otro libro! Para entender la Biblia realmente, que es, por su propia afirmación, la Palabra de Dios, la comprensión debe de venir de Dios mismo. Pablo enseñó esta misma verdad a la Iglesia:

“Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria”. Antes bien, como está escrito:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:4-14).

Tras su resurrección, Jesús continuaba a enseñar a sus discípulos el verdadero significado de la Palabra de Dios. Lucas registra un relato en el que Jesús explicó algunas profecías del Antiguo Testamento a dos de sus discípulos, que incluso ellos mismos no las habían entendido:

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27). Jesús apareció a estos dos hombres con el propósito mismo de revelarles entendimiento. Este relato continúa: “Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:30-32).

Después de este incidente, Jesús se reunió con varios más de sus discípulos. Como preparación para el trabajo que dio a cumplir a sus seguidores, Jesús proporcionó este elemento vital: “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24:45).

Estos discípulos, sin duda, habían leído las Escrituras. En ese momento, el judaísmo era la religión vibrante de la nación. Sinagogas existían en toda la región, y el Templo servía como el foco de la vida judía. Sin embargo, incluso con este rico trasfondo, ¡la verdadera comprensión del Mesías tuvo que ser revelada!

Otro relato de revelación se encuentra en la historia de Felipe, quien fue enviado para predicar a un hombre fiel de Etiopía. Leyendo en Isaías, este hombre tenía dificultades de entender el significado: Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: “Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro? Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús” (Hechos 8:34-35).

Pablo entendió que a la Iglesia de Dios se le había dado un entendimiento y una responsabilidad especial para predicar la verdad de la Palabra de Dios: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?” (Romanos 10:14-15).

La predicación es una grave responsabilidad, y no es algo que se debería hacer a través de aquellos que simplemente deciden por sí mismos que quieren predicar – para representar a Dios y explicar su Palabra: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón” (Hebreos 5:4). Santiago ofrece esta advertencia: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1).

Aquí está lo que Dios dice como un requisito esencial no sólo para la predicación, sino también para entender su verdad: “…Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y QUE TIEMBLA A MI PALABRA” (Isaías 66:2).

Un ejemplo de este tipo de actitud se encuentra en el registro de personas en Berea que recibían la predicación del Evangelio de parte de Pablo y Silas: “Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, ESCUDRIÑANDO CADA DÍA LAS ESCRITURAS para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). “Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres” (Compare Hechos 17:12).

Por este ejemplo dejado para nosotros, entendemos que debemos revisar en nuestra propia Biblia si lo que se predica es verdadero o no. Una mentira no puede ser probada; sin embargo, las personas pueden ser engañadas. Pablo nos advierte de los que mentirían – de aquellas personas que incluso reclamarían falsamente su autoridad de la Palabra de Dios:

“Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11:13-15).

La Biblia también revela una manera para que NO nos dejemos engañar, sino para demostrar lo que solo es cierto: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20).

Jesús oró por sus seguidores, y le pidió a Dios que los apartara: “Santifícalos en tu verdad; TU PALABRA ES VERDAD” (Juan 17:17). Pablo le recordó a Timoteo que permaneciera anclado a la Palabra de Dios:

“Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. TODA LA ESCRITURA ES INSPIRADA POR DIOS, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir para instruir en justicia….” (2 Timoteo 3:14-16).

Sin embargo, hay quienes se apartan DE la Verdad, y este tipo de enfoque iba a convertirse en prevalente justo antes del regreso de Jesucristo a la tierra: “Pero el Espíritu dice claramente que en los POSTREROS TIEMPOS algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:1-2).

Tomen nota de esta advertencia adicional de Pablo a Timoteo:

“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:2-4).

Jesús respondió a sus discípulos cuando le preguntaron sobre la hora del fin, y comenzó su respuesta con esta sombría advertencia: “….Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy el Cristo”; y a muchos engañarán” (Mateo 24:4-5); También: “Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Verso 24).

La Palabra de Dios solo contiene la verdad (Compare Tito 1:2), aunque la Biblia pueda informar sobre las mentiras de Satanás, de los demonios o de las personas. Pero las Sagradas Escrituras clarifican que, por supuesto, no debemos seguir a esas mentiras. ¡Solo la verdad que debe ser aceptada por nosotros se puede demostrar en la Biblia! No obstante, Dios ha revelado claramente que mentirosos iban a surgir afirmando que lo que enseñan sería verdadero. Eso ha sucedido y continuará sucediendo, pero debemos usar la Palabra de Dios como la verdadera medida.

Aquí hay una clave vital que cada uno de nosotros debe usar para probar lo que es verdadero en la Biblia: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, QUE USA BIEN LA PALABRA DE VERDAD” (2 Timoteo 2:15).

Escritor Principal: Dave Harris

Traducido por: Anna Ruoff