¿Dios es una Trinidad?

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Cuál es la verdad bíblica sobre este tema de vital importancia, sin embargo extremadamente mal entendido?

En el cristianismo tradicional parece que todo el mundo “sabe” que Dios es una Trinidad—un Dios que consiste en tres personas, en concreto “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. La mayoría de los cristianos profesantes ni siquiera consideraría cuestionar esta enseñanza. Muchos dirán que, a no ser que crea en esta doctrina, no es un verdadero cristiano.

¿PERO QUÉ HAY DE USTED?

¿Alguna vez se ha preguntado si esta enseñanza se deriva de la Palabra de Dios, la Biblia? Tenemos prueba evidente de las Escrituras que el Padre y el Hijo son personas diferentes o seres divinos, y que ellos son Dios. La Biblia se refiere al Padre y a Jesucristo como Dios en numerosos pasajes—pero nunca se refiere al Espíritu Santo como Dios o como una persona divina diferente.

¿Por qué? Si la Trinidad es una doctrina tan importante, ¿por qué ni siquiera se menciona en la Biblia?

¿Sabía que esta “enseñanza clave” del “cristianismo ortodoxo” fue totalmente desconocida en los primeros tiempos del Nuevo Testamento y no fue generalmente aceptada hasta varios cientos de años después de que Cristo estableciera su Iglesia el día de Pentecostés en el año 31 d.C.? ¿Y sabía además que la Trinidad en realidad oculta y oscurece el hecho de quién y qué Dios es realmente—y porqué Dios le creó a Usted y cuál es su asombroso potencial?

Repasemos brevemente lo que nos dicen aquellos que creen y enseñan el concepto de la Trinidad al respecto. Esto por sí solo, ya podría ser una revelación para Usted.

LO QUE NOS DICEN LOS TEÓLOGOS ACERCA DE LA TRINIDAD

El teólogo protestante suizo Karl Barth escribió sobre el concepto de la Trinidad. La nueva enciclopedia de Funk y Wagnall se refiere a Karl Barth como “ampliamente considerado como uno de los pensadores cristianos más notables del siglo XX”. Escribió en “La Doctrina de la Palabra de Dios”, en la página 437: “La Biblia carece de la declaración expresa que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de igual esencia y por lo tanto en igual sentido Dios mismo. Y la otra declaración expresa tampoco menciona que Dios es Dios, así y sólo así, es decir, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas dos declaraciones expresas que van más allá del testimonio de la Biblia son el doble contenido de la doctrina eclesiástica de la Trinidad”. (Énfasis añadido).

En otras palabras, el Prof. Karl Barth admite que la Biblia en ninguna parte dice que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son todos Dios.

Karl Barth no fue el único quien señaló que las Escrituras no enseñan expresamente el concepto de la Trinidad. Véase esta cita del Dr. William Newton Clarke, quien escribió el libro titulado “Un resumen de la teología cristiana”. Dice, por ejemplo, en la página 167, cuando analiza los primeros versículos del primer capítulo del libro de Juan: “No hay Trinidad en [el prólogo de Juan]; pero hay una distinción en la Deidad, una dualidad en Dios”.

Continúa en la página 168, después de haber establecido que el Nuevo Testamento sí enseña la divinidad de Jesucristo: “El Nuevo Testamento comienza la obra, pero no la termina; porque no contiene ninguna enseñanza similar con respecto al Espíritu Santo. La naturaleza única y la misión de Cristo se remontan a una base en el ser de Dios; pero en ninguna parte se muestra una base similar de la divinidad del Espíritu. La idea en el Nuevo Testamento nunca está dirigida a ese fin”. (Énfasis añadido).

En otras palabras, William N. Clarke está señalando aquí que la Biblia en ninguna parte declara que el Espíritu Santo es un ser divino.

Aquí hay una declaración del teólogo alemán Karl Rahner, a quien se describe en la Enciclopedia nueva de Funk y Wagnall como “el teólogo católico romano principal del siglo XX”. Esto es lo que dijo en el libro llamado “La Trinidad”, en la página 22: “…en realidad las Escrituras no presentan explícitamente una doctrina de la Trinidad ‘inminente’ (incluso el prólogo de Juan no es tal doctrina)”. (Énfasis añadido).

Notablemente, la Nueva Enciclopedia Católica respalda las declaraciones del Prof. Rahner y del Prof. Barth. En el artículo titulado “Trinidad”, primero señala, en el Vol. XIII, en la página 574, que “la Trinidad es… la verdad que en la unidad de la Deidad hay tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo… El Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, estos no son tres Dioses, sino un sólo Dios… co-eterno y co-igual: todo igual o increado y omnipotente”.

Luego, después de haber hecho una declaración tan radical, continúa admitiendo: “El [Antiguo Testamento] claramente no contempla el espíritu de Dios como una persona, ni en el sentido estrictamente filosófico, ni en el sentido semítico. El espíritu de Dios es simplemente el poder de Dios. Si a veces se representa como distinto de Dios, es porque el aliento de Yahweh actúa exteriormente… “La mayoría de los textos [del Nuevo Testamento] revelan el espíritu de Dios como algo, no como alguien; esto se ve especialmente en el paralelismo entre el espíritu y el poder de Dios…” (Énfasis añadido).

Pero entonces debemos preguntarnos por qué la Trinidad parece ser enseñada y aceptada universalmente en el cristianismo de hoy, cuando la Biblia no lo enseña expresamente. ¿Cómo se convirtió en parte del dogma cristiano?

CÓMO LA TRINIDAD SE CONVIRTIÓ EN DOGMA “CRISTIANO”

La Nueva Enciclopedia Católica explica en el Vol. 14, en la página 295, en el artículo “Trinidad”:

“…cuando uno habla de Trinitarianismo incondicional, uno se ha movido del período de los orígenes cristianos al, digamos, último cuadrante del siglo IV. Fue solo entonces que lo que podría llamarse el dogma trinitario definitivo, ‘un Dios en tres personas’, se asimiló completamente en la vida y el pensamiento cristiano”.

¿Cómo ocurrió esto?

La verdad, como suele ser el caso, es más extraña que la ficción. En su libro, “Una historia de Dios”, la exmonja católica Karen Armstrong nos da una perspectiva interesante de lo que sucedió. Ella escribe en las páginas 117 y 118, cuando describe cómo la Trinidad encontró su camino desde la ortodoxia griega hasta el mundo occidental: “… la Trinidad sólo tenía sentido como una experiencia mística o espiritual… No era una formulación lógica o intelectual sino un paradigma imaginativo que confundía la razón … Para muchos cristianos occidentales… la Trinidad es simplemente desconcertante [en otras palabras, un “misterio”]…

“Lógicamente, por supuesto, no tenía ningún sentido… Gregorio de Nacianceno había explicado que la misma incomprensibilidad del dogma de la Trinidad nos enfrenta al misterio absoluto de Dios; nos recuerda que no debemos esperar entenderlo… No era bueno, por ejemplo, intentar descifrar cómo las tres hipóstasis [en griego, “personas”] de la Deidad eran al mismo tiempo idénticas y distintas. Esto estaba más allá de las palabras, los conceptos y los poderes humanos de análisis”.

Karen Armstrong continúa explicando que, en el mundo occidental, el padre de la Iglesia Católica Agustín introdujo un concepto ligeramente diferente de la Trinidad. En lugar de hablar de “un Dios en tres personas”, acuñó la frase “un Dios en tres manifestaciones”.

También se nos dice que fue el renombrado Tomás de Aquino quien popularizó las enseñanzas de los griegos, como Platón y Aristóteles, en el mundo occidental. Y al hacer esto, los cristianos occidentales aprendieron que Aristóteles también había enseñado una trinidad—pero él había llamado a las tres personas o manifestaciones—“pensador, pensamiento y motor inmóvil”.

Durante la Reforma, el dogma de la Trinidad fue rechazado por algunos de los reformadores, pero no, por ejemplo, por Lutero y Calvino. Para ellos, según Karen Armstrong, “estas doctrinas tradicionales de Dios estaban demasiado arraigadas en la experiencia cristiana como para que Lutero o Calvino las cuestionasen” (página 277).

Y debido a esta obediencia irreflexiva a las ideas inventadas por el hombre, Calvino comenzó a perseguir a aquellos que señalaban problemas con el concepto de la Trinidad. Leemos en la página 280: “En 1553, Calvino hizo ejecutar al teólogo español Miguel Servet por su negación de la Trinidad. Servet había huido de la España católica y se había refugiado en la Ginebra de Calvino, alegando que volvía a la fe de los apóstoles y de los primeros padres de la iglesia, que nunca habían oído hablar de esta doctrina extraordinaria… La doctrina de la Trinidad era una invención humana que había alienado las mentes de los hombres del conocimiento del verdadero Cristo… Sus creencias fueron compartidas por dos reformadores italianos—Giorgio Blandrata… y Faustus Socinus…” (Énfasis añadido).

Las críticas hacia el concepto de la Trinidad continuaron. En 1699, Gottfried Arnold escribió un libro argumentando que la Trinidad, aunque considerada ortodoxa, no se podía rastrear hasta la iglesia original. (página 306). El poeta puritano John Milton también tenía “dudas sobre doctrinas tradicionales como la Trinidad”. (página 308).

Karen Armstrong continuó: “El cristianismo… retuvo muchos elementos paganos en su descripción de Dios… El cristianismo… le había dado la espalda a sus raíces judías y había vuelto a la irracionalidad y las supersticiones del paganismo (p. 369) Orígenes y Clemente de Alejandría habían sido cristianos liberales… cuando habían introducido el platonismo en la religión semítica de Yahvé” (págs. 383-384). (Énfasis añadido).

Con lo cual aprendemos que el concepto de la Trinidad, “un Dios en tres personas”, se deriva, entonces, no de la Biblia, sino de los paganos griegos, habiendo encontrado una vía en el cristianismo desde edades tempranas.

El concepto sigue siendo un tema confuso, tanto que muchos cristianos de hoy que dicen creer en la Trinidad ni siquiera lo entienden. En la página 201 del libro de Karen Armstrong, ella escribe: “A todos los efectos y propósitos, muchos cristianos occidentales no son realmente trinitarios. Se quejan de que la doctrina de Tres Personas en un Dios es incomprensible, sin darse cuenta de que para los griegos esa era la misma finalidad”.

Pero la Verdad de Dios es clara. No debe ser incomprensible para sus seguidores. Sin embargo, Pablo advirtió que debemos tener cuidado de no corrompernos “con la simplicidad que es en Cristo”. (2 Corintios 11:3). Si uno no puede entender una de las doctrinas principales que se presentan, es probable que algo vaya mal con lo que se presenta. Debemos tener cuidado, entonces, con que la Biblia sea la prueba de lo que creemos.

SALUDOS DE PABLO A LAS IGLESIAS

Una de las pruebas más convincentes que se encuentra en la Biblia de que el Espíritu Santo NO es una persona divina o un ser divino y, por lo tanto, que el concepto de la Trinidad es erróneo, es el hecho de que ninguno de los escritores trae saludos del Espíritu Santo. Por ejemplo, el apóstol Pablo trae saludos de Dios el Padre y de Jesucristo. Ni una sola vez incluye saludos del Espíritu Santo.

Observe cómo Pablo saluda a los corintios en 1 Corintios 1:1-3. “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”.

En prácticamente todos los escritos de Pablo, encontrará la misma introducción (compare 2 Corintios 1:1-2; Gálatas 1:1-3; Efesios 1:1-2; Fil. 1:1-2; Colosenses 1:1-2; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:1-2; 1 Timoteo 1:1-2; 2 Timoteo 1:1-2; Tito 1:1-4; y Filemón 1-3). En ninguna parte se incluye el Espíritu Santo en los saludos que Pablo trae de parte de Dios el Padre y Jesucristo. Esto muestra, claramente, que Pablo no fue inspirado por Dios para revelar el personaje del Espíritu Santo. Qué descuido e insulto sería esto para el Espíritu Santo SI el Espíritu Santo fuera una de tres personas—y un ser divino.

EL ESPÍRITU SANTO NO ES DIOS

Otra prueba bíblica en contra de la Trinidad es que el Espíritu Santo en ninguna parte se identifica como Dios. En las Escrituras no se registra nadie que haya orado al Espíritu Santo. Además, el Espíritu Santo tampoco se describe nunca como un ser separado. Más bien, el Espíritu Santo emana de Dios el Padre y de Jesucristo. Se podría decir que el Espíritu Santo es parte de Dios, como, por ejemplo, el brazo, el ojo o la mano es parte de un ser humano, o de Dios, en este sentido. Pero el brazo no es un ser en sí mismo, y el brazo tampoco es una persona—no se podría decir que el brazo del hombre es otro hombre, o el brazo del Señor es otro ser divino. Asimismo, el Espíritu Santo de Dios no es un ser o una persona divina separada dentro de la Deidad.

Considere cómo Dios le dio los Diez Mandamientos a Moisés, escritos con su propio dedo en tablas de piedra (compare Ex. 31:18). Dios usó su dedo para dar entendimiento a Moisés, pero esto no significa que el dedo de Dios sea una persona distinta o un ser divino. El dedo de Dios era parte de Dios, pero no separado de Dios. Lo mismo es cierto para el Espíritu Santo. Es parte de Dios, que emana de Dios, pero no es Dios, ni es un ser divino.

¿QUIÉN ENGENDRÓ A CRISTO?

Jesús mismo oró exclusivamente al Padre. Ni una sola vez oró al Espíritu Santo. SI el Espíritu Santo fuera una persona, y un ser divino separado, entonces el Jesucristo humano habría orado a la persona equivocada. ¿Cómo podemos decir esto?

Considere que Jesucristo fue llamado el Hijo de Dios, no el Hijo del Espíritu Santo, aunque fue concebido por el Espíritu Santo. Observe en Mateo 1:18: “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo”.

La Palabra inspirada de Dios nos dice claramente que el Espíritu Santo hizo que Maria se quedara embarazada. Note las palabras de un ángel a José, como están escritas en Mateo 1:20: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado [gennao en griego], del Espíritu Santo es”.

Pase ahora a Lucas 1:32 y 35, donde encontramos más de las palabras inspiradas del ángel a María: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”. Estas Escrituras en Mateo y Lucas nos dicen que, SI el Espíritu Santo fuera una persona y Dios, entonces Cristo habría sido el HIJO del Espíritu Santoy NO del Padre.

Sin embargo, Juan 1:14 dice que fue el Padre quien engendró a Cristo: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.

Entonces, ¿encontramos una contradicción entre el registro de Lucas aquí, que nos dice que el Espíritu Santo engendró a Jesús, y el registro de Juan, que dice que fue Dios el Padre? ¡De ninguna manera! Más bien, vemos que DIOS el PADRE engendró a Cristo por el poder de su Espíritu. Esto prueba que el Espíritu Santo no puede ser una persona—de lo contrario, tendríamos una contradicción aquí, con Cristo teniendo dos padres—el “Padre” y el “Espíritu Santo”—y con la “persona” y el tercer miembro de la “Trinidad”, el Espíritu Santo, siendo el Padre “principal” de Cristo.

Recuerde también que el ángel le dijo a María en el libro de Lucas que Cristo sería llamado Hijo del Altísimo. Si el Espíritu Santo fuera una persona, entonces el Espíritu Santo por el cual María fue impregnada sería el MÁS ALTO en la Deidad. ¡Por supuesto, esto es absurdo! ¡Nadie de los que creen en la Trinidad han declarado JAMÁS que el Espíritu Santo sea el más alto! Muy al contrario, afirman que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son todos IGUALES. Que ninguno es MÁS ALTO que el otro.

El hecho de que el Espíritu Santo no puede ser una persona divina o Dios queda muy claro al considerar quién en la Deidad es llamado el “más alto”. La Biblia nos muestra que es el Padre (y no el Espíritu Santo) quien es el más alto en la Deidad. Véase Efesios 4:6: “…un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”.

Esto nos dice que el PADRE es el más alto, “sobre todo”. El Padre es más alto que Cristo (compare Juan 10:29, “Mi Padre… es mayor que todos”). Entonces, cuando Jesucristo fue llamado Hijo del Altísimo, fue llamado Hijo de Dios el Padre, no del Espíritu Santo. Fue Dios el Padre quien, por medio de su Espíritu Santo, impregnó a María. Ella estaba embarazada DE o A TRAVÉS del Espíritu Santo. Dios el Padre, el más alto en la Deidad, causó el embarazo de María a través del poder de Su Espíritu Santo. (Tenga en cuenta que en Lucas 1:35, el Espíritu Santo se define como el “poder del Altísimo”).

EL PADRE CREÓ TODO A TRAVÉS DE CRISTO

También es notable que el Espíritu Santo no se mencione en un pasaje como 

1 Corintios 8:6, donde se describe la Deidad. Uno seguramente esperaría que el Espíritu Santo estuviera mencionado aquí de alguna manera, si fuera una persona. Pero tome nota de lo que leemos: “…para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él”.

SI el Espíritu Santo fuera una persona, ¿por qué no se menciona aquí? Leemos que hay un solo Dios—el Padre—y un solo Señor—Jesucristo. Y leemos que todas las cosas son POR MEDIO de Cristo. Entonces fue CRISTO quien creó todo. O bien, se podría decir que Dios el Padre creó todo A TRAVÉS de Cristo. Colosenses 1:16 lo confirma: “todo fue creado por medio de él”. (Hay Escrituras adicionales que revelan esta verdad, como Juan 1:1-3; 1 Corintios 8:5-6; y Hebreos 1:1-2). ¿Y cómo lo hizo Cristo? A través del poder de Su Espíritu Santo. Pero seguía siendo Cristo. Si el Espíritu Santo fuera una persona, entonces Dios no habría creado todo a través de la persona de Cristo, sino a través de la persona del Espíritu Santo. Esto muestra que el Espíritu Santo no puede ser una persona.

ESPÍRITU COMPARADO CON AGUA

Observemos ahora un pasaje en Hechos 2 que muestra, también, que el Espíritu Santo no puede ser una persona. Hechos 2:17 dice: “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré DE mi Espíritu sobre toda carne”. El Espíritu Santo no puede ser una persona, ya que uno no puede “derramar” una persona y uno no puede dividir a una persona, enviando algo DE esa persona a otra.

Otro ejemplo se encuentra en Juan 4:10, 14, donde se compara el Espíritu con agua. Jesús le dice a la mujer junto al pozo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva… más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”.

Más tarde, la Biblia deja muy claro que Cristo aquí estaba hablando del Espíritu Santo, comparándolo con el agua viva que se derrama. Leemos en Juan 7:37-39: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. (Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él…)’”.

Cristo compara el Espíritu Santo con el AGUA viva. Leímos anteriormente que Dios derrama de su Espíritu Santo—nuevamente se usa la misma analogía de agua que se derrama sobre o dentro de las personas. ¿Cómo se puede comparar a una persona con el agua que se derrama? Algunos dicen que esto es solo una analogía. Por ejemplo, se compara a Dios con un fuego consumidor en Hebreos 12:29, pero Él no es un fuego.

Sin embargo, Dios se parece mucho a un fuego abrasador cuando se revela a los ojos del hombre. Véase Exodus 24:17. Sin embargo, en NINGUNA PARTE se representa a Dios como agua que está siendo derramada. Tal descripción simplemente no se ajusta a una persona, mostrando que el Espíritu Santo no es una persona.

EL ESPÍRITU DEL PADRE Y DEL HIJO MORA EN NOSOTROS

Hechos 2:33 dice: “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado [Cristo] esto que vosotros veis y oís?”.

Obsérvese que aquí dice que Cristo recibió el Espíritu Santo del Padre, y que Cristo luego derramó el Espíritu del Padre. Esto se confirma, también, en Juan 15:26, donde leemos las palabras de Cristo: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.” Nuevamente, se nos dice aquí que Cristo nos envía el Espíritu Santo del Padre (compare también Juan 16:7).

Vea también las palabras de Cristo en Juan 14:16-17: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad… porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” Aquí vemos que es el Padre quien nos dará el Espíritu Santo. Lo hace por medio de Cristo, como leímos antes.

[Abordaremos más adelante en el folleto por qué a veces se hace referencia al Espíritu Santo con “Él”, como es el caso en los dos pasajes citados anteriormente. Mostraremos que esto no demuestra en absoluto que el Espíritu Santo es una persona.]

Tito 3:5-6 confirma que el Padre nos da el Espíritu Santo a través de Jesucristo: “[Dios] nos salvó, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador”.

Sin embargo, en Juan 14:26 también vemos que el Padre mismo nos envía su Espíritu Santo, en el nombre de Jesucristo. Cristo dijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”.

Observe que no es solo el Espíritu Santo del Padre que mora en nosotros. También vemos que es el Espíritu de Cristo que mora en nosotros. Gálatas 4:6 nos dice: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!’” Vemos aquí que Dios el Padre envió el Espíritu de su Hijo, Jesucristo, a nuestros corazones, y porque es el Espíritu de Su Hijo, podemos llamar a Dios nuestro Padre. Obsérvese también en Filipenses 1:19: “Porque sé que, por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación”. Una vez más, es el Espíritu de Cristo que mora en nosotros—¡no una tercera persona!

Que el Espíritu del Padre y de Cristo mora en nosotros queda muy claro al leer Romanos 8:9: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Aquí leemos que el Espíritu de Dios mora en nosotros, y cuando no tenemos al Espíritu de Cristo morando en nosotros, ni siquiera somos cristianos.

Entonces, si juntamos todos estos pasajes, podemos ver que el Espíritu de Dios el Padre y de Cristo mora en nosotros, y que tanto Dios el Padre como Jesucristo nos envían, o derraman en nosotros, el Espíritu Santo. ¿Pero cómo puede ser eso? ¿No hay sólo UN Espíritu?

UN E SPÍRITU

Claramente solo hay un Espíritu, así como solo hay un bautismo, una fe, una esperanza y un cuerpo (compare Efesios 4:4-5). Pero considere esto: Aunque haya solamente un bautismo, hay muchos individuos que se bautizan. Y aunque haya solamente un solo cuerpo, hay muchos miembros en ese cuerpo (compare 1 Corintios 12:14). Y sabemos que el ÚNICO Dios consta del Padre y del Hijo, es decir, Dios no es una sola persona.

Lo mismo es cierto en el caso del Espíritu Santo. Hay un SOLO Espíritu, pero tanto Dios el Padre como Jesucristo son seres espirituales, y el Espíritu Santo emana de ambos. Por eso leemos sobre el Espíritu del Padre y el Espíritu de Cristo. Cuando leemos que hay un Espíritu, entonces la referencia es a la unidad o armonía entre Dios el Padre y Jesucristo. Es exactamente lo mismo cuando Cristo dijo: “Yo y el Padre uno somos.” (Juan 10:30). Cristo no quiso decir que el Padre y Él eran “un” ser—sino que eran “uno” en propósito, meta, mentalidad y carácter. Cuando Cristo pronunció estas palabras, claramente era una persona separada de Dios el Padre. Cristo dijo en Juan 17:11 que todos debemos ser uno, como el Padre y Cristo son uno en espíritu—no en el sentido de que todos nos convirtiésemos en un solo ser, sino más bien, que todos fuéramos del mismo espíritu. Dios el Padre y Cristo son uno en espíritu, y de la misma manera nosotros debemos llegar a ser uno en espíritu.

Véanse las palabras de Cristo en Juan 14:23: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” Tanto el Padre como Jesucristo viven en nosotros. Juan 14:16-18 confirma también que no sólo el Padre, sino también Jesucristo vive en nosotros, a través del Espíritu Santo, cuando Cristo dijo a sus discípulos: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador…, el Espíritu de verdad…[que] mora con vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”. Tanto Dios el Padre como Jesucristo, ambos han venido a nosotros, y ambos han hecho su morada con nosotros. Lo hacen a través del Espíritu Santo que fluye de ambos hacia nosotros. Esto prueba, como veremos más adelante, que el Espíritu Santo no puede ser una persona.

Primero, sin embargo, volvamos a Juan 7:37-39. Esta Escritura está directamente relacionada con el pasaje de Juan 14:23 y demuestra, también, que el Espíritu Santo no es una persona. Dice así: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”.

Tenga en cuenta que la palabra “venido” está en cursiva, lo que significa que no está en el griego original; fue agregado por el traductor. Otros traductores presentan este pasaje de manera bastante diferente:

La Nueva Versión Internacional: “…hasta ese momento el Espíritu no había sido dado, porque Jesús no había sido glorificado todavía”.

La Palabra de Dios para Todos: “…pues aún no estaba el Espíritu…”

Dios Habla Hoy: “…y es que el Espíritu todavía no estaba…”

Cuando revisamos esto en la traducción interlineal del griego, que traduce el griego original palabra por palabra, encontramos la siguiente frase: “…porque aún no era el Espíritu Santo, porque Jesús aún no había sido glorificado”.

Las traducciones al alemán son todas bastante consistentes en sus representaciones. La Biblia de Lutero revisada, la Biblia de Elberfelder y la Biblia de Menge, todas afirman: “El Espíritu aún no estaba allí…”

La Biblia de Zuercher incluso dice: “…el Espíritu Santo aún no existía…”. Señalan en el Apéndice: “Algunos han traducido, ‘el Espíritu Santo aún no había sido dado’, porque se sintieron ofendidos por el texto original literal”.

Pero ¿cómo podría ser esto? ¿Cómo es posible decir que el Espíritu Santo aún no existía, o aún no estaba, si Cristo aún no había sido glorificado?

La respuesta queda clara cuando consideramos que solo un ser divino glorificado puede dar Su Espíritu Santo a otros. Cuando Cristo pronunció esas palabras, el Espíritu Santo del Padre claramente estaba allí y moraba en Él—pero aquí Cristo se refería a Sí mismo. Él dijo: “Aquel que tenga sed, que venga a MÍ”. Y Cristo era un hombre cuando dijo eso, y como hombre, habiendo renunciado a Su gloria, no podía dar el Espíritu Santo, emanando de Él como un ser divino glorificado, a otros. Recuerde, fue el Espíritu Santo del PADRE (a diferencia del Espíritu Santo de Cristo) que moró en Cristo, y a través del cual Cristo hizo las obras maravillosas (compare Hechos 10:38-39).

Para que Cristo pudiera derramar su Espíritu Santo en otros, primero necesitaba ser glorificado. Cristo aclaró esto cuando dijo en Juan 16:7: “…si yo no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré”. Esto demuestra, entonces, varias cosas: Prueba que cuando Jesucristo estuvo aquí en la tierra, era un hombre, hecho TOTALMENTE de carne y hueso. NO era humano y divino al mismo tiempo. No era completamente hombre y completamente DiosEste pasaje demuestra que el Espíritu Santo no es una persona. Más bien, el Espíritu Santo emana de seres divinos glorificados. Mientras Cristo no fue glorificado, no tenía de Su propio Espíritu Santo para conceder a otros. Es por eso por lo que el Espíritu Santo de Cristo glorificado todavía no estaba presente—SÓLO el Espíritu Santo del Padre estaba presente.

Pero luego, después de la resurrección y glorificación de Cristo, tanto el Padre como el Hijo moran en nosotros a través de su Espíritu—el Espíritu Santo—que emana o procede tanto del Padre como del Hijo.

Los pasajes en Juan 14:23 y Juan 7:37-39 (mencionados anteriormente) nos muestran entonces por qué el Espíritu Santo no puede ser una persona o ser separado o distinto dentro de la deidad: Ya que el Espíritu del Padre y del Hijo vive en nosotros, dos personas vivirían en nosotros, y la deidad no consistiría solamente de tres personas, sino de cuatro: Dios el Padre, Dios el Hijo, Dios el Espíritu Santo del Padre y Dios el Espíritu Santo del Hijo. Pero nadie enseña, según nuestro conocimiento, que Dios consta de cuatro personas. Y así vemos, no importa cómo lo miremos, ¡el concepto entero, de que el Espíritu Santo es una persona separada, no tiene base bíblica!

UN MEDIADOR

Jesús es nuestro Mediador, nuestro único Mediador, entre nosotros y Dios el Padre. Pase a 1 Timoteo 2:5-6, y note: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

Dios el Padre nunca se hizo hombre, pero Cristo sí. Entonces, Cristo es el único Mediador entre Dios y el hombre, ya que Cristo puede compadecerse de nuestras debilidades, habiendo sido tentado en todo, cuando era hombre, como lo somos nosotros hoy. Hebreos 4:15 nos dice: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”.

Pasemos ahora a Romanos 8:26, donde se nos dice lo que el Espíritu Santo hace por nosotros: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.

Aquí leemos que el Espíritu intercede por nosotros, es decir, que es un “mediador” entre Dios y el hombre. Entonces, SI el Espíritu Santo fuera una persona, tendríamos dos mediadores, Jesucristo y el Espíritu Santo.

Sin embargo, veamos qué significa la afirmación de que el Espíritu intercede por nosotros. Continuando en el versículo 27 de Romanos 8 se nos dice: “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos”. ¿Y quién es exactamente el que escudriña el corazón y el que intercede?

La respuesta está en Romanos 8:34: “Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Véase en 2 Corintios 3:17: “Porque el Señor ES el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”.

Entonces vemos que es Cristo, a través de Su Espíritu, quien intercede por nosotros. (compare Hebreos 9:15; 7:25; 1 Juan 2:1). Tanto el Padre como el Hijo son seres espirituales. Cristo nos dice en Juan 4:24 que DIOS ES Espíritu. También se menciona en 1 Corintios 15:45 que Jesucristo, después de Su resurrección, se convirtió en “Espíritu vivificante”. Jesucristo era Dios. Era un ser espiritual antes de convertirse en hombre, y se convirtió en Dios, un ser espiritual vivificante, en el momento de su resurrección. (compare Tito 2:13).

Ahora abordaremos brevemente cómo Cristo, a través de su Espíritu, intercede por nosotros. Aunque Dios el Padre y Jesucristo SON Espíritu, tienen forma y figura, un cuerpo, manos, brazos, ojos, etc., pero están compuestos de espíritu, no de materia. Vemos a Dios el Padre y a Cristo descritos sentados en un trono. Pero Cristo no siempre está en el cielo. Apareció al hombre antes de su nacimiento como ser humano y después de su resurrección. Regresará visiblemente, montado en un caballo blanco. Entonces, en este sentido, está en cierto lugar en cierto momento, pero Él ES omnipresente, es decir, en todos los lugares en todo momento, a través de su Espíritu. El Espíritu se puede comparar con el aire que rodea el globo. El aire está en todas partes. De la misma manera lo es Cristo, a través de su Espíritu, y es a través de Su Espíritu como Cristo puede interceder por nosotros ante el Padre en cualquier momento, sin importar dónde se encuentre.

Hemos visto, pues, que Cristo intercede por nosotros a través de su Espíritu. Eso demuestra que el Espíritu Santo no puede ser una persona, porque de lo contrario Cristo no sería el único Mediador entre Dios y el hombre—sino que el Espíritu Santo sería otro o un segundo mediador.

¿PRUEBAS DE LA TRINIDAD?

Hay algunas Escrituras que parecen “demostrar” el concepto de la Trinidad, pero un estudio más detenido de esas Escrituras revela que eso no es el caso. Echemos un vistazo más detallado a estas Escrituras.

¿1 Juan 5:7-8 demuestra la Trinidad?

1 Juan 5:7-8 es probablemente el texto más citado para “demostrar” que Dios es una Trinidad. Dice así: “Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan”.

La forma en la que se traduce este pasaje se considera por algunos como un texto de prueba que demuestra que el Espíritu Santo es una persona. Pero esto no es cierto en absoluto. Con esa lógica dada al versículo 7 (“tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno”), seguiría después del versículo 8 (“tres son los que dan testimonio en la tierra, el Espíritu, el agua y la sangre, y estos tres concuerdan”), que “agua” y “sangre” también tendrían que ser personas. Pero nadie afirma eso.

Además, la mayoría de los académicos están de acuerdo que las palabras en el versículo 7, “en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno”, fueron añadidas posteriormente por la Iglesia Católica para “demostrar” la Trinidad, y que estas palabras no estaban en los escritos originales. Muchas traducciones y comentarios de la Biblia afirman que esta frase en particular, denominada “Comma Joanneum”, no “figura en las mejores autoridades y constituye una adición tardía en el Texto latino”. [Biblia Pattloch, Apéndice, página 85].

La Biblia Zürcher comenta en una nota al pie de página que “este pasaje se agregó en el siglo IV en el texto latino, y solo en el siglo XV en algunos textos griegos”. La Nueva Versión Internacional agrega en una nota al pie de página que esta frase en particular solo se contiene “en los últimos manuscritos de la Biblia latina y que no se encuentra en ningún manuscrito griego anterior al siglo XVI”. Otros comentarios señalan que estas palabras son claramente una falsificación y que, por lo tanto, se han omitido correctamente, incluso como nota al pie de página, en muchas traducciones modernas. Por lo tanto, este pasaje claramente no es prueba alguna de que el Espíritu Santo sea una persona divina separada.

¿Mateo 28:19 demuestra la Trinidad?

Si hay alguna Escritura, además de la de 1 Juan 5:7-8, que ha sido citada con más frecuencia que cualquier otra, para “demostrar” la existencia de la Trinidad, esa sería la de Mateo 28:19. Veamos este pasaje en contexto, comenzando con el versículo 18:

“(18) Y Jesús se acercó y les habló, diciendo: ‘Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. (19) Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, (20) enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén’”.

Estas palabras de Jesús no demuestran una Trinidad. Como el papel de Cristo en la ceremonia bautismal es sumamente importante (compare Romanos 6:1-4; Gálatas 3:27), también lo es el papel del Padre. Fue Dios el Padre quien dio a su Hijo unigénito como sacrificio por nosotros, para que pudiéramos tener vida eterna. Una vez que nos arrepentimos y creemos, debemos ser bautizados como una señal externa de arrepentimiento interno, para “enterrar nuestro viejo yo”. Una vez que salimos de la tumba de agua, debemos caminar en novedad de vida. Y esto solo se puede hacer con la ayuda del Espíritu Santo de Dios.

Debemos hacer discípulos bautizándolos y enseñándoles a observar todas las cosas que Cristo mandó. Y, bautizamos una persona “en” o “a” [la palabra griega eis puede significar “en” o “a”] el “nombre” o “posesión” [la palabra griega onoma puede significar “nombre” o “posesión”] del Padre y del Hijo, ambos presentes a través del Espíritu Santo. Toda la cláusula, “bautizar en el nombre de”, en griego, “eis (to) onoma tinos”, también transmite el significado de estar bajo el “control” o “autoridad” del Padre y del Hijo (compare Strong’s, #3836 y William Arndt y F. Wilbur Gingrich, página 575). Y como veremos en la siguiente sección, es el Espíritu Santo, emanado del Padre y del Hijo, por el cual tenemos comunión con el Padre y Jesucristo.

Cuando somos bautizados en el nombre o posesión de Jesús, reconocemos que somos bautizados en Su muerte (Romanos 6:3). Cuando salimos de la tumba de agua, y uno de los ministros de Dios pone sus manos sobre nuestras cabezas y le pide a Dios el Padre que administre de su Espíritu Santo, que emana tanto del Padre como del Hijo, reconocemos que es el Espíritu Santo de Dios que fluye en nosotros y que nos permite caminar en novedad de vida. También reconocemos que estamos entrando, en ese mismo momento, en la Familia de Dios como hijos engendrados, pero aún no nacidos de nuevo, y hermanos y hermanas de nuestro hermano mayor Jesucristo. En ese sentido, nos convertimos en posesión o “propiedad” de la Familia Dios. Y todo esto es posible, entonces, a través del Espíritu Santo de Dios, que habita en nosotros. Entonces, en lugar de enseñar el personaje del Espíritu Santo, Mateo 28:19 enseña cómo Dios lo hace posible, a través de Su Espíritu en nosotros, que llegamos a ser parte de la Familia de Dios.

¿2 Corintios 13:14 demuestra la Trinidad?

2 Corintios 13:14 dice: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. Entienda, ahora, que obtenemos comunión o compañerismo a través del Espíritu Santo, pero notemos con quién tenemos comunión o compañerismo. 1 Corintios 1:9 nos dice: “Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor”. (Véase también Filipenses 2:1, que señala que “consuelo en Cristo” es lo mismo que “consuelo de amor” y “comunión del Espíritu”). Y 1 Juan 1:3 agrega: “lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y verdaderamente nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo”.

Nuestra comunión con el Padre y Jesucristo se logra a través del Espíritu Santo, que fluye de Dios y nos une a Dios y a nuestros hermanos. El pasaje en 2 Corintios 13:14 no nos enseña que el Espíritu Santo es un ser divino.

¿Hechos 5 demuestra la Trinidad?

Algunos usarían 1 Juan 1:3 como prueba de que el Espíritu Santo es Dios y el tercer miembro de la Trinidad. Como antecedentes, Ananías y su esposa Safira decidieron vender una posesión y dar parte de las ganancias a los discípulos, alegando falsamente, sin embargo, que era todo lo que habían recibido. Pedro respondió: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo… No has mentido a los hombres, sino a Dios”. (versículos 3-4). Más tarde, le dijo a Safira: “¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor?”

Algunos dicen que en este pasaje Pedro identificó al Espíritu Santo con Dios. Pero Pedro no hizo tal cosa. Más bien, les dijo a Ananías y Safira que el Espíritu de Dios—“el Espíritu del Señor”—moraba en él y en los otros discípulos, y que Dios estaba presente a través de su Espíritu. Ananías y Safira no solo habían mentido a seres humanos, sino al Espíritu Santo de Dios, que moraba en esos seres humanos, y dado que Dios el Padre y Jesucristo moran en nosotros a través del Espíritu Santo, en realidad habían mentido directamente a Dios el Padre y a Dios el Hijo. Pedro no dijo que el Espíritu Santo era Dios, sino que, a través del Espíritu Santo, Dios estaba presente.

Recuerde—Dios es omnipresente a través de su Espíritu. En Salmos 139:7, David también aclara que Dios está en todas partes a través de Su Espíritu. Él pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia?” El Espíritu Santo no es un ser divino distinto o separado, sino que emana de Dios, de modo que Dios, teniendo forma y figura, es omnipresente.

Esperamos que ahora pueda ver cómo se pueden torcer las Escrituras para proporcionar una supuesta prueba de algo que no es cierto en absoluto, y que la misma Biblia proporciona las respuestas si uno está dispuesto a buscar y encontrar esas respuestas reveladas—las pruebas verdaderas. 

¿La personificación demuestra la Trinidad?

¿Qué hay de personificar o prestar atributos humanos a algo que no es una persona? ¿Es eso prueba de la Trinidad? Algunos quieren demostrar la Trinidad, y especialmente la idea que el Espíritu Santo es una Persona divina consciente, recurriendo a Escrituras que parecen implicar que el Espíritu Santo hace algo, o que piensa y habla. Echemos un vistazo más detenidamente a algunos de estos ejemplos de personificación.

EL ESPÍRITU SANTO VS. EL ESPÍRITU EN EL HOMBRE

Un tal ejemplo se encuentra en 1 Corintios 2:10. El contexto aquí es que algo que no es físico mora en cada ser humano. La Biblia llama a este componente no físico en cada persona el “espíritu en el hombre” o el “espíritu del hombre”. Este espíritu humano distingue al hombre de los animales en inteligencia, mentalidad y habilidades. Pablo continúa señalando que cada persona convertida también tiene el Espíritu Santo dentro de él o ella, lo que distingue la mente convertida de la mente natural no convertida en entendimiento espiritual, comprensión y capacidad para vivir según principios espirituales. El versículo 10 dice: “Pero Dios nos las reveló [las cosas espirituales] a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”.

Esto suena como si el Espíritu de Dios fuera un ser consciente, activo y distinto. Pero planteemos la pregunta—¿es el “espíritu en el hombre” un ser consciente, activo y distinto? Sabemos que no lo es, porque cuando el hombre muere, el “espíritu del hombre” vuelve a Dios, pero ni ese “espíritu” del hombre muerto, ni el mismo muerto, tienen conciencia alguna [Para pruebas de esto, lea nuestro folleto, Evolución: ¿un cuento de hadas para adultos?].

Analicemos ahora Salmos 77:6: “Me acordaba de mis cánticos de noche; Meditaba en mi corazón, Y mi espíritu inquiría”. Mientras que tanto el Espíritu Santo dentro de nosotros como el “espíritu en el hombre” dentro de nosotros hace una búsqueda diligente, el “espíritu en el hombre” no es un ser distinto. El pasaje en 1 Corintios 2:10 tampoco muestra, entonces, que el Espíritu Santo es un ser distinto.

Continuemos en 1 Corintios 2:11, la última frase: “…nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. Esto suena nuevamente como un ser distinto y consciente. Pero leamos la primera parte de esa frase: “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?”

Entonces nuevamente, tanto el Espíritu de Dios como el “espíritu del hombre” “saben” algo. Esta terminología no justifica la conclusión de que el Espíritu Santo sea un ser divino—de lo contrario, el “espíritu en el hombre” también tendría que ser un ser, lo cual no lo es.

Véase también el siguiente pasaje en Romanos 8:16: “El Espíritu [Santo] mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. 

Si el Espíritu Santo fuera una persona porque da testimonio, ¿entonces el “espíritu en el hombre” también sería una persona porque da testimonio? No, “el espíritu en el hombre” no es una persona adicional en el hombre donde reside; es decir, no hay una persona adicional viviendo en cada persona. Todo ser humano tiene un “espíritu en el hombre”, sin importar si la persona está convertida o no. Pero una vez convertida, la persona además tiene al Espíritu Santo de Dios viviendo en ella. El resultado se describe en 1 Corintios 6:17: “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él”. En otras palabras, se han convertido, o se están convirtiendo en uno, en mente y propósito. Y por eso leemos que tanto el Espíritu Santo como nuestro espíritu dan testimonio al hecho de que somos hijos de Dios. Esto no hace que el Espíritu Santo y nuestro espíritu sean personas. Más bien, es una manera de decir que debido al Espíritu Santo que vive en nosotros, obrando y guiando nuestro espíritu humano, Dios nos llama sus hijos.

LA SABIDURÍA HUMANA Y LA MENTE DE CRISTO

Sigamos leyendo en 1 Corintios 2, versículo 13, para ver cómo la Biblia describe ciertos conceptos que queden más claros para aquellos que son llamados por Dios, mientras que otros tropiezan en la Palabra. Leemos: “Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual”. Tanto el Espíritu Santo como la sabiduría del hombre se describen aquí como “enseñanza” de algo. Pero, así como la sabiduría del hombre no es una persona distinta, el Espíritu Santo tampoco es una persona distinta. Considere el versículo 16: “Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo”.

El Espíritu Santo en nosotros que nos enseña y busca cosas espirituales para nosotros es la mente de Cristo, ya que Cristo vive en nosotros a través de su Espíritu. Ahora tenemos una mentalidad diferente. Ya no tenemos la mente carnal y natural del hombre. Y para dejar este punto muy claro, Pablo personifica al Espíritu Santo en nosotros—como personificó tanto el espíritu como la sabiduría humanos. Quería mostrar la gran influencia que estos tienen en nosotros espiritualmente, pero no quiso transmitir que todos aquellos son, de hecho, personas.

CÓMO USÓ PABLO LA PALABRA “ESPÍRITU”

Tome nota de cómo Pablo, en sus escritos, usa la palabra “espíritu”.

Pasemos a 1 Corintios 5:4, donde leemos: “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás…”

Preguntemos de nuevo—¿era el espíritu de Pablo, que estaba con los miembros en Corinto, mientras Pablo moraba en otro lugar, una persona que había dejado a Pablo? Por supuesto que no—Pablo no hubiera podido escribir la carta, si el espíritu lo hubiera dejado. Leemos en otros lugares que una vez que el espíritu en el hombre deja al hombre, el hombre está muerto (compare Santiago 2:26). Entonces, lo que Pablo nos está diciendo aquí, es que su mente estaba con los corintios. Asimismo, el Espíritu de Dios tampoco es una persona, sino la mente de Dios que Dios quiere compartir con nosotros.

Debemos tener cuidado, cuando leemos ciertos pasajes que parecen implicar que el Espíritu Santo actúa o hace cosas, que no concluyamos que estos pasajes enseñan la personalidad del Espíritu. En la mayoría de los casos, la verdad queda clara en el pasaje, si lo leemos en contexto, y si no solo citamos el pasaje de forma selectiva.

Revisemos otro ejemplo, esta vez en 1 Corintios 14:14: “Porque si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto”. ¿El espíritu de Pablo que ora es una persona? Si no es el caso, ¿por qué algunos concluyen, refiriéndose a Romanos 8:26, que el Espíritu Santo debe ser una persona, ya que allí se afirma que el Espíritu “ora” (recuerde de nuestra discusión anterior que, en cualquier caso, en realidad es Jesucristo quien ora)? Además, leamos 1 Corintios 14:15: “¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento”.

Entonces, si el espíritu de Pablo es una persona, ¿entonces el entendimiento de Pablo también es una persona? Después de todo, Pablo ora con el espíritu y con el entendimiento. Pero, la respuesta es, la mente y el entendimiento del hombre están siendo personificados aquí, y lo mismo es cierto cuando la Biblia habla del Espíritu Santo de Dios.

Véase 1 Corintios 16:18: “Porque confortaron mi espíritu y el vuestro”. Esto no significa, por supuesto, que el espíritu de Pablo y el espíritu de todos los corintios fueron personas. Más bien, sus mentes y seres completos fueron refrescados o consolados.

LA LETRA QUE MATA

Otro ejemplo trata directamente el Espíritu de Dios, en 2 Corintios 3:4-6. Del contexto podemos ver que esto tiene que ser una personificación: “Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios… nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica”. Algunos dicen que aquí hay prueba de que el Espíritu Santo es una persona porque dice que el Espíritu Santo da vida. Pero si es así, ¿entonces la letra es una persona, porque también dice que la letra mata? Debería ser bastante obvio que ambos términos se utilizan de forma personificada.

LA CARNE NOS OTORGA LA MUERTE

Un ejemplo similar se encuentra en Gálatas 6:8: “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Aquellos que dicen que esto prueba que el Espíritu Santo es una persona, ya que nos concede la vida eterna, deben responder entonces si esto prueba que la carne también es una persona, ya que la carne nos trae la muerte. Una vez más, ambos términos se usan de manera personificada, para aclarar cierto concepto—si seguimos nuestros propios deseos carnales, moriremos, pero si seguimos a Dios, quien nos enseña a través de Su Espíritu en nosotros, viviremos.

Pero observe lo que todo esto significa. Dado que todos estos conceptos abstractos, que claramente NO son personas, como la letra que mata y la carne que trae corrupción, están personificados, y se comparan al mismo tiempo con el Espíritu Santo, entonces esto indica fuertemente que el Espíritu Santo tampoco es una persona, sino que se personifica igualmente para transmitir un determinado pensamiento de la manera más poderosa.

Hemos visto, por supuesto, en otros pasajes, que el Espíritu Santo no es una persona. Pero aquellos que usan pasajes en los que se personifica al Espíritu Santo para mostrar que el Espíritu Santo es una persona, no se dan cuenta de que sus argumentos van en su contra y que los mismos pasajes que citan indican lo contrario.

EL ESPÍRITU SANTO NOS HABLA

Considere este pasaje en Hebreos 3:7-11: “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres; me probaron, y vieron mis obras cuarenta años. A causa de lo cual me disgusté contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo”.

En la forma en la que esto está redactado, es el Espíritu Santo que habla y dice que los padres se han rebelado contra Él, que Él estaba enojado, y que no entrarían en Su reposo. Pero ¿quién dijo realmente esas palabras? ¿Quién fue el que se enojó por las transgresiones y la rebelión de los padres?

Véase Números 14:20-23: “Entonces Jehová dijo: ‘Yo lo he perdonado conforme a tu dicho. Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra, todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mivoz, no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá’”.

Fue el Señor (Yahweh) quien lo dijo. Como sabemos de otros pasajes, el Señor del Antiguo Testamento que habló directamente con Moisés y otros fue Jesucristo, no el Padre. Cristo señaló que nadie vio jamás a Dios el Padre (Juan 1:18). Pero Moisés, por ejemplo, sí vio “la forma del Señor”. (Números 12:8). Moisés, entonces, vio el segundo ser divino en la Familia de Dios—aquel que sería conocido como Jesucristo. Y así, Cristo estaba con el pueblo del antiguo Israel, a través de Su Espíritu.

Nótese lo siguiente en 1 Corintios 10:4,9: “…Y todos [los israelitas bajo Moisés] bebían de esa roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo… Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes…”

También note 1 Pedro 1:10-11: “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos”.

Por lo tanto, el Espíritu Santo que “habla” en el pasaje del libro de Hebreos, o que testifica de los sufrimientos y la gloria de Cristo, es el Espíritu de Cristo. El Espíritu Santo no es una persona, pero la persona de Cristo estaba presente entre los israelitas a través de Su Espíritu, y Cristo les habló a través de Su Espíritu. Que el Espíritu Santo, que emana tanto del Padre como del Hijo, no puede ser una persona, se queda claro cuando se considera que el Espíritu Santo de Cristo (a diferencia del Espíritu Santo del Padre) no estaba presente cuando Cristo vivía aquí en la tierra como ser humano, como ya vimos anteriormente. Era el Espíritu Santo de Cristo el que moraba en los profetas de la antigüedad, pero el Espíritu Santo de Cristo no existía cuando Cristo entregó Su gloria para hacerse hombre. Por lo tanto, el Espíritu Santo de Cristo el Hijo no puede ser una persona.

EL ESPÍRITU SANTO NOS DA TESTIMONIO

Véase lo siguiente en Hebreos 10, 15-16: “Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré, añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones”.

Se nos dice aquí primero, que el Espíritu Santo dice algo, pero luego, que el Señor lo dice, y luego otra vez, que el Espíritu Santo lo dice. Entonces las Escrituras aquí usan los términos “el Señor” y “el Espíritu Santo” indistintamente. Obviamente, es el Espíritu Santo de Jesucristo el que da testimonio—en otras palabras, Cristo habla a través de su Espíritu. Pero eso no significa que el Espíritu Santo sea una persona.

Algunos han señalado que el Espíritu Santo habla a las diferentes iglesias en el libro del Apocalipsis, y concluyeron que esto debe significar, entonces, que el Espíritu Santo es una persona. Sin embargo, considere primero el hecho de que el libro del Apocalipsis habla consistentemente del Padre y del Cordero, Jesucristo, pero ni una sola vez se menciona el Espíritu Santo como persona o ser. Tanto el Padre como el Cordero vivirán en Jerusalén la Nueva—pero no se menciona al Espíritu Santo.

Cuando leemos que el “Espíritu” habla a las iglesias, debemos darnos cuenta de que la revelación viene de Dios el Padre quien se la dio a Jesucristo (Apocalipsis 1:1). Entonces, el Espíritu que habla a las iglesias es nuevamente el Espíritu de Cristo—es Cristo, a través de Su Espíritu Santo, quien revela y transmite el mensaje que había recibido del Padre.

Lo mismo se puede ver en el libro de los Hechos. En Hechos 16:6 y 7, leemos que el “Espíritu Santo” no les permitió a los discípulos predicar en Asia, e incluso de ir a un cierto lugar. En Hechos 20:22-23, leemos que el Espíritu Santo le dio testimonio a Pablo por todas las ciudades, diciendo que le esperaban prisiones y tribulaciones. Pero ¿cómo hizo esto el Espíritu Santo?

Hechos 21:4, 11 nos da una pista. Leemos: “Y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén… quien [un cierto profeta] viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: ‘Esto dice el Espíritu Santo: ‘Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles’”.

Vemos que la gente hablaba, inspirada por el Espíritu Santo. Pasemos ahora a Hechos 23:11, para averiguar quién realmente dio estas profecías por boca de esos profetas: “A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: ‘Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma’”.

Fue Jesucristo quien, a través de Su Espíritu, inspiró a la gente a que hablase. Estos pasajes que hemos leído no nos dicen que el Espíritu Santo es una persona.

EL ESPÍRITU SANTO NOS ENSEÑA

Algunos afirman que el Espíritu Santo debe ser una persona porque la Biblia dice que el Espíritu nos enseña. Pero esta argumentación no es convincente. Véase en 1 Juan 2:27, que algunos han citado para apoyar su afirmación, que el Espíritu Santo debe ser una persona. Dice así: “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él”.

Entendemos que la unción de la que se habla aquí es una referencia al Espíritu Santo. Pero tenga en cuenta, de nuevo, quién nos enseña realmente. Pase a 

1 Tesalonicenses 4:9: “Pero acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros”.

Cuando se utiliza sin aclaración, la referencia a la persona de “Dios” en el Nuevo Testamento, suele ser una referencia al Padre. (Sin embargo, la palabra “Dios” también puede referirse a Jesucristo. Compare Tito 2:13). Note en 1 Corintios 3:23 y en Juan 6:45: “Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”.

Es Dios el Padre quien nos enseña. Y puesto que Dios el Padre y Jesucristo son uno, y seres divinos, y ya que Cristo sólo nos enseña lo que ha oído del Padre (compare Juan 8,28), también es correcto, entonces, que Cristo nos enseña (1 Juan 5:20). Ambos lo hacen a través del Espíritu Santo que emana de ellos. Así que nos enseñan a través del Espíritu Santo—pero eso no hace que el Espíritu Santo sea un ser divino.

EL ESPÍRITU SANTO, ¿UN —“ÉL”?

Algunos afirman que el Espíritu Santo debe ser una persona y un ser divino, porque en la Biblia, en numerosos lugares, se refiere al espíritu como “Él”. Sin embargo, como veremos, este argumento es realmente uno de los más incultos. En primer lugar, debemos notar que varias traducciones de la Biblia han optado deliberadamente por traducir ciertos pasajes de tal manera que implican que el Espíritu Santo sea una persona, mientras que otras traducciones son, en general, mucho más precisas y fieles al texto original. Por ejemplo, si lee Romanos 8:16 en la New King James Bible, o en muchas otras traducciones modernas, se encuentra la siguiente traducción: “El Espíritu mismo da testimonio…” Esto podría dar la impresión de que el Espíritu Santo es una persona. 

En muchos idiomas, cada sustantivo tiene un género que es masculino, femenino o neutro. Es estrictamente una cuestión de gramática. Por ejemplo, en el idioma alemán, la palabra “Pferd”, que significa “caballo”, es neutra, mientras que la palabra “Hund”, que significa “perro”, es masculina, y la palabra para “gato”, “Katze”, es femenina. Además, la palabra “árbol”, que significa “Baum”, es masculina, al igual que la palabra “coche”, que significa “Wagen”, mientras que la palabra “abeto”, que significa “Tanne”, es femenina, y la palabra “cerdo”, que significa “Schwein”, es neutra. Más confuso, quizás, las palabras “aliento”, “viento” y “espíritu”, es decir, “Atem”, “Wind” y “Geist” en alemán, todas son masculinas. Podemos ver claramente, entonces, que el género del sustantivo no nos dice nada sobre la naturaleza del sustantivo—ya sea una persona, un animal, una planta, un objeto o una cosa. 

Lo mismo se aplica al griego. La palabra “espíritu”, en griego “pneuma” y es de género neutro. Por lo tanto, todos los pronombres que se refieren a “pneuma” deben traducirse de forma precisa como “el”, “lo” o “le” (precisamente “it” en el idioma inglés). Aquellos que han decidido arbitrariamente traducir los pronombres como “El”, en lugar de “lo” (“it”, neutro, en inglés), cuando se refieren al Espíritu Santo, lo han hecho solo para transmitir sus falsas creencias acerca de la personalidad del Espíritu Santo. Además, si los traductores fueran consecuentes, tendrían que traducir muchos pronombres de palabras hebreas que se refieren al Espíritu como “ella”, ya que en la mayoría de los casos, se usan sustantivos con género femenino para describir al Espíritu en el Antiguo Testamento.

Hay un sustantivo particular que se refiere al Espíritu Santo y que es masculino en griego. Este sustantivo es “parakletos” y se ha traducido al inglés como “Ayudante” o “Consolador” (compare, por ejemplo, Juan 14: 16-17). Dado que el sustantivo es masculino en griego, los pronombres que se refieren a él también son masculinos en griego. Pero esto es estrictamente una cuestión de gramática, no de significado. Sin embargo, traducir esos pronombres de forma masculina al inglés da una impresión totalmente equivocada.

Cuestiones de gramática y género de sustantivos en un idioma particular no determinan si los sustantivos son personas, plantas, cosas u objetos. No se deben utilizar traducciones incorrectas o engañosas para sacar conclusiones doctrinales.

PERSONIFICACIONES DE OBJETOS MUERTOS 

Ya vimos que la Biblia a veces personifica al Espíritu Santo. Esto no debería ser una sorpresa. Todos deberíamos darnos cuenta de que la Biblia a menudo personifica objetos muertos, o conceptos, o animales mudos—atribuyéndoles habla, sentimientos, acción u otra conducta consciente. Por lo tanto, no debería sorprendernos que el Espíritu Santo de Dios a veces se describe de esta manera. Pero como hemos visto, esto no demuestra que es una persona distinta, o un ser divino dentro de una Trinidad.

Tomemos nota de algunos de esos ejemplos bíblicos de personificación.

Sabiduría divina—¿una persona?

En Proverbios 1, se describe la “sabiduría divina”. La sabiduría, por supuesto, no es una persona, pero veamos lo que leemos al respecto, comenzando en el versículo 20: “La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas; clama en los principales lugares de reunión… dice sus razones”. Y luego, comenzando en el versículo 22, realmente leemos lo que la “sabiduría” nos está diciendo, entre comillas directas. Entonces, vemos que la sabiduría de Dios está personificada aquí, pero claramente no es una persona.

Vemos lo mismo repetido en Proverbios 8. Comenzando en el versículo 1, leemos: “¿No clama la sabiduría, y da su voz la inteligencia?… (3) Ella clama en el lugar de las puertas…” Y, de nuevo, en el versículo 4, encontramos exactamente lo que dice la sabiduría. Se da entre comillas con la sabiduría hablando por sí misma, exclamando: “(22) Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras… (27) Cuando formaba los cielos, allí estaba yo… (30) Con él estaba yo ordenándolo todo… (32) Ahora, pues, hijos, oídme, y bienaventurados los que guardan mis caminos”.

Y, nuevamente, Proverbios 9:1-6 personifica la sabiduría y deja que nos hable, como si fuera un ser separado. Pero no lo es. La sabiduría es una de las características de Dios. Y es Dios quien debe darnos su sabiduría, si queremos vivir según las normas de Dios. Véase en Proverbios 2:6: “Porque el Señor da la sabiduría; y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia.” ¿Podemos ver cuán paralela es la relación entre Dios y la sabiduría con la relación entre Dios y su Espíritu Santo? Después de todo, recibimos la sabiduría divina a través del Espíritu de Dios. Tanto la sabiduría como el Espíritu Santo son personalizados, pero ninguno de ellos es, de hecho, una persona.

El amor de Dios—¿una persona?

Ya que estamos hablando de algunos de los atributos o características de Dios que la Biblia a veces personifica para indicarnos claramente la importancia de estos, veamos otro ejemplo en 1 Corintios 13:4-7. En este pasaje, el amor de Dios se describe de manera como si fuera una persona, pero, por supuesto, no es una persona:

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Solo una persona o un ser puede negarse a envidiar, comportarse de cierta manera, pensar, alegrarse o creer. Aquí, el amor se describe haciendo eso, como si el amor fuera una persona. No es una persona, por supuesto, sino la única y principal característica de Dios, que se nos da, a través del Espíritu de Dios que vive en nosotros. Y así, como el amor no es una persona, sino personalizado, así el Espíritu Santo de Dios tampoco es una persona.

La Fe de Dios—¿una persona?

Tome nota ahora de un ejemplo adicional. Encontramos otra de las características de Dios descritas como persona en 2 Timoteo 1:5: “Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también”.

La fe de Dios aquí se describe como habitando en una persona. Otros traductores incluso dicen que la fe vive en ellos. Sólo una persona, no un concepto abstracto o un atributo de otra persona, puede habitar o vivir. Entonces, aquí, la fe de Dios está personificada, pero la fe de Dios claramente no es una persona separada o un ser dentro de la Deidad. El Espíritu Santo tampoco es una persona separada, aunque leemos muchas veces que el Espíritu Santo habita o vive en nosotros.

El pecado—¿una persona?

Sin embargo, no solo los atributos de Dios a veces se representan de manera personificada. Asimismo, conceptos erróneos, que debemos superar, también se personifican. Lea esto en Romanos 6:12, 14: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias… Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros…”

El pecado es retratado como un gobernante, un enemigo que no debe conquistarnos. Más bien, debemos conquistarlo nosotros, como si fuera una persona. Se nos recuerda de una amonestación similar que Dios le dio a Caín en Génesis 4:7: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”.

La sangre—¿una persona?

También encontramos una mezcla interesante de seres conscientes y conceptos inconscientes, atributos o ideas en Hebreos 12:22-24. Y aunque algunas de las cosas mencionadas aquí claramente no son personas, todas se describen como si lo fueran: “Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”.

Por ejemplo, la sangre rociada no habla propiamente dicho; tampoco lo hace la sangre de Abel. Pero la Biblia lo pinta así, como si la sangre fuera un ser consciente. Y Dios había introducido ese pensamiento desde el principio, en Génesis 4:10: “Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Una vez más, la sangre se personifica aquí, como si tuviera una voz real, para mostrar la enormidad y la seriedad de lo que había hecho Caín.

Los cielos, la tierra, los ríos, las colinas—¿todos personas?

Hay bastantes lugares donde la Biblia otorga atributos, personalidad y conciencia a cosas que no los poseen—pero están personificadas, como si actuasen o se comportasen de la misma manera que lo harían seres humanos.

Leamos Romanos 8:22: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y una está con dolores de parto hasta ahora”. La creación se representa aquí como una mujer en parto. Está personificada, personalizada. Pero solo es una imagen.

Véase en Isaías 49:13: “Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes; porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia”. Una vez más, vemos cómo sentimientos, emociones y conducta personal se atribuyen a la creación de Dios.

Véase Isaías 55:12: “…los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso”. Esto es claramente una imagen, por supuesto. Árboles no aplauden con sus manos y montes no cantan. Todo el mundo entiende que esto es una imagen. Pero cuando leemos que el Espíritu Santo de Dios habla, de repente la gente asume que esto debe significar que el Espíritu Santo es una persona.

El libro de los Salmos está lleno de descripciones personificadas. Veamos solo algunos:

Salmo 96:11-13: “Alégrense los cielos, y gócese la tierra… Regocíjese el campo, y todo lo que en él está; entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento, delante de Jehová que vino; porque vino a juzgar la tierra”.

Salmo 148:2-4, 7-11: “Alabadle, vosotros todos sus ángeles; alabadle, vosotros todos sus ejércitos. Alabadle, sol y luna; alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas. Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos… Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos; el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su palabra; los montes y todos los collados, el árbol de fruto y todos los cedros; La bestia y todo animal, reptiles y volátiles; los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra…”

En este pasaje, los ángeles, los hombres, los animales y las plantas, así como los objetos sin vida o inconscientes como el agua, los planetas y las estrellas, son llamados a alabar al Señor, como si todos fueran personas. Sin embargo, nadie asumiría que el agua, por ejemplo, es una persona con sentimientos, emociones o capacidad de razonamiento. Se entiende que este pasaje de los Salmos representa la grandeza del Dios Creador.

LA FAMILIA DE DIOS ESTÁ DESTINADA A CRECER

El concepto falso de la Trinidad no sólo transmite una imagen totalmente errónea de Dios, sino que también oculta el propósito de la existencia del hombre. La mayoría de la gente en el mundo no entiende y cree que el destino del hombre es llegar a ser Dios.

Dios es una Familia—actualmente compuesta por el Padre y el Hijo. A través del poder de su Espíritu Santo, podemos formar parte de la Familia de Dios. En lugar de ser una Trinidad cerrada por toda la eternidad, Dios está agrandando su Familia al reproducirse en nosotros. Cristianos verdaderos ya son llamados hijos engendrados de Dios si su Espíritu habita en ellos. Todavía no somos glorificados o nacidos de nuevo, y aún no se ha manifestado lo que seremos—es decir, hijos de Dios nacidos de nuevo. Sí que sabemos que cuando Jesucristo aparezca, seremos hijos de Dios nacidos de nuevo—entonces seremos como Él y lo veremos tal como es—el primogénito entre muchos hermanos (compare 1 Juan 3:1-2; Romanos 8: 29).

El concepto de la Trinidad que enseña que Dios es —y que siempre ha sido— Padre, Hijo y Espíritu Santo, oculta y oscurece el hecho de que Dios es una Familia. Al principio, había dos seres divinos—uno al que se hace referencia como la Palabra o el Portavoz, así como otro ser al que se hace referencia como Dios (Juan 1:1). Pero la Palabra también era Dios, ya que “Dios” es un nombre de familia. El Verbo se hizo carne—se dio a conocer como Jesucristo (Juan 1:14), mientras que el otro ser divino, el “Altísimo” en la Deidad, se dio a conocer como el “Padre”. Cristo nació de nuevo como Hijo de Dios en la resurrección (Romanos 1:1-4). Antes de los tiempos del Nuevo Testamento, Dios aún no se conocía como el “Padre”, ni la Palabra como el “Hijo”. Pero Cristo ahora es el Hijo de Dios—y también es el primogénito entre muchos hermanos. Usted también puede convertirse en un hijo engendrado y, en el momento de la resurrección, convertirse en “hijo de Dios” nacido de nuevo. El concepto falso de una Trinidad cerrada oculta totalmente esta asombrosa verdad. Si desea saber más acerca de su máximo potencial, lea nuestro folleto gratuito, “El Evangelio del Reino de Dios”.

Hemos visto en este folleto que Dios no es una Trinidad cerrada. Más bien, Dios el Padre y Jesucristo el Hijo son una Familia amorosa. El Padre entregó a su Hijo unigénito por nosotros para que Usted y yo podamos unirnos a su Familia y tener vida eterna. Dios quiere que lo adoremos “en espíritu y en verdad.” (Juan 4:24). Asegurémonos de hacerlo correctamente.

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